30 mar. 2026
Marzo se ha consolidado como el mes de las Empresas B, una oportunidad para visibilizar a organizaciones que están redefiniendo el rol de las empresas en la sociedad. En un contexto donde los desafíos sociales y medioambientales son cada vez más urgentes, este modelo propone equilibrar el crecimiento económico con el bienestar colectivo.
Pero ¿qué implica realmente ser una Empresa B? Más que una certificación, es una forma de entender el negocio. Estas organizaciones cumplen con altos estándares de desempeño social, ambiental, transparencia y responsabilidad, integrando estos principios en el corazón de su operación.
Esto se traduce en decisiones concretas: desde cómo se gestionan los equipos, hasta cómo se diseñan productos, servicios y experiencias que impactan positivamente a las personas y su entorno. En esencia, redefine el éxito, incorporando no solo resultados financieros, sino también la contribución a la sociedad.
Para muchas empresas de la industria creativa, el modelo B no representa un punto de partida, sino una evolución natural que permite ordenar, medir y profundizar una convicción previa.
Así lo explica Paula Lacámara, Socia Co-Fundadora & Directora de Nuevos Negocios de Simplicity: “Más que un cambio, fue una forma de darle estructura, métricas y una mayor exigencia a algo que ya era parte de nuestro ADN como empresa. Ser B nos ayudó a ordenar esa visión y a llevarla con más claridad al día a día”.
Más que un cambio, fue una forma de darle estructura, métricas y una mayor exigencia a algo que ya era parte de nuestro ADN como empresa. Ser B nos ayudó a ordenar esa visión y a llevarla con más claridad al día a día.
En la misma línea, Joaquín Márquez, Partner & Country Manager de WILD FI, destaca: “El modelo B nos llevó a bajar a tierra muchas intenciones: medir mejor, establecer políticas claras y ser más conscientes y rigurosos en la forma en que tomamos decisiones”.
Desde Agencia Strong Empresa B, su socio fundador Jorge Armstrong agrega: “El cambio radical fue la formalización y la estructura que se le dio a nuestra forma de hacer las cosas. La certificación B nos dio las herramientas para hacerlo profesionalmente y con KPI claros”.
Estas miradas coinciden en un punto clave: el modelo B no impone una lógica externa, sino que fortalece una forma de hacer empresa que ya pone el propósito en el centro. La industria creativa, en este escenario, tiene un rol especialmente relevante. Su capacidad de influir en la cultura, los relatos y las percepciones amplifica el impacto de sus decisiones.
Desde Simplicity, esta relación es directa: “La industria creativa no solo comunica mensajes: también instala conversaciones, construye cultura y visibiliza problemáticas. La creatividad no es neutra, puede quedarse en lo superficial o transformarse en una herramienta para conectar, sensibilizar y movilizar”.
Por su parte, desde WILD FI indican que tienen “un rol activo en la construcción de mensajes que impactan directamente en la sociedad. El propósito B nos invita a preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene sentido más allá del resultado inmediato y qué impacto genera en las personas”.
Las agencias tienen un rol activo en la construcción de mensajes que impactan directamente en la sociedad. El propósito B nos invita a preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene sentido más allá del resultado inmediato y qué impacto genera en las personas.
Y desde Strong aseguran que “cuando pones el propósito en el centro del negocio se produce una sinergia increíble. Quienes trabajamos en creatividad comprobamos a diario lo transformador que es contar con un propósito más allá del producto o servicio”.
Así, ser una Empresa B dentro de la industria creativa implica un doble desafío: generar valor desde la creatividad y, al mismo tiempo, contribuir activamente a una sociedad más justa, inclusiva y sostenible.
Esto se expresa en múltiples dimensiones:
Implementar este modelo no está exento de tensiones. La velocidad y la presión por resultados conviven con la necesidad de sostener el propósito. En palabras de Paula Lacámara, “el principal desafío ha sido ser consistentes. Es fácil hablar de impacto; lo más difícil es llevarlo a la operación diaria, a la cultura interna y a cada decisión relevante”.
Joaquín Márquez complementa diciendo que “en una industria donde todo es urgente, es fácil volver a lo automático. El desafío es no perder la capacidad de cuestionar cómo y para qué estás haciendo las cosas”.
Y Jorge Armstrong proyecta el desafío hacia el futuro: “El mundo necesita un nuevo tipo de liderazgo. Se puede automatizar el cómo, pero no el porqué. Ahí está el gran desafío”.
Lejos de ser una limitación, este enfoque abre nuevas oportunidades. Desde Simplicity lo resumen así: “Ser B nos ha permitido diferenciarnos desde un lugar auténtico, atraer personas que quieren trabajar con sentido y fortalecer la relación con clientes que comparten ciertos valores”.
“Más que una ventaja competitiva puntual, termina siendo una forma más consciente, consistente y sostenible de trabajar, que te posiciona como un socio más estratégico para los clientes”, asegura Joaquín Márquez de WILD FI.
Y desde Strong, Jorge Armstrong comenta que “esto no se trata de filantropía, se trata de negocios y de supervivencia. El propósito es lo que va a marcar la diferencia en el futuro”.
El mundo necesita un nuevo tipo de liderazgo. Se puede automatizar el cómo, pero no el porqué. Ahí está el gran desafío. Esto no se trata de filantropía, se trata de negocios y de supervivencia. El propósito es lo que va a marcar la diferencia en el futuro.
En este contexto, la creatividad deja de ser solo una herramienta comercial y se consolida como un motor de transformación. Impulsar una industria creativa con propósito no es una tendencia, es una necesidad. Las Empresas B demuestran que es posible hacer empresa de otra manera: con visión, coherencia e impacto.
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