30 jul. 2026
El crecimiento de mascotas y peluches virtuales como acompañantes de los niños abre una conversación que va mucho más allá de las nuevas tendencias tecnológicas. La pregunta central es qué sucede cuando un juguete deja de ser un objeto pasivo y comienza a ocupar un espacio afectivo en la vida de un niño. Según Erika López. Psicóloga especialista en Estrategia, cultura y comportamiento humano, y Directora de Estrategia e Investigación de la empresa Dentsu Chile señala que “la inteligencia artificial probablemente será parte de la infancia de las próximas generaciones. Por eso, más que preguntarnos cómo alejarlos de ella, quizás deberíamos preguntarnos cómo ayudarlos a desarrollar el criterio para convivir con esta tecnología de manera consciente.”
Desde el Tamagotchi de los años noventa hasta los actuales peluches inteligentes, la industria tecnológica ha buscado desarrollar productos capaces de despertar apego. La diferencia es que los nuevos juguetes no solo requieren cuidados: también pueden escuchar, responder, aprender de las conversaciones y adaptarse emocionalmente a cada usuario.
Ojo con la privacidad: Peluches con micrófonos y conexión a internet
Las organizaciones de consumidores también han advertido sobre los riesgos que podrían representar los juguetes conectados. Un peluche con micrófono y conexión a internet puede registrar conversaciones dentro de una habitación infantil y recopilar datos personales o sensibles.
Algunos modelos permiten que los padres revisen todo lo que sus hijos conversan con el dispositivo. Esto puede entregar mayor seguridad, pero también abre un debate sobre los límites entre protección, supervisión y privacidad infantil.
Por lo tanto, antes de adquirir un juguete con IA, sería recomendable que los adultos revisen:
El compromiso emocional
Mientras más “viva” parece la tecnología —especialmente cuando se presenta dentro de un peluche suave o con apariencia de mascota— mayor puede ser la cercanía emocional que genera. Para un niño, incluso la pérdida o falla del dispositivo podría sentirse de forma similar a la desaparición de una mascota. “Además de preguntarnos cuánto tiempo pasan los niños con estos juguetes o qué tipo de interacciones generan, también vale la pena preguntarnos qué lugar queremos que ocupen en la vida de un niño. Un juguete con inteligencia artificial llega a una red de relaciones que los adultos ayudamos a construir. Mientras más rica sea esa red de conversaciones, afectos, juego y experiencias compartidas, más probable es que la tecnología encuentre su lugar como una herramienta o una compañía, y no como un reemplazo”, señala López.
Esta evolución permite imaginar juguetes más interactivos, educativos y personalizados, pero también plantea interrogantes sobre sus efectos en el desarrollo infantil. Érika López agrega que “hay un estudio reciente que aporta una pista interesante. Comparó a niños de 5 y 6 años conversando con un chatbot de inteligencia artificial, solos y con un adulto presente. Cuando el adulto estaba ahí, los niños necesitaban hacer menos esfuerzo para interpretar lo que la máquina decía, porque esa presencia les ayudaba a dar contexto y sentido a la interacción. Creo que ahí hay una idea muy potente: el rol del adulto no es competir con la tecnología, sino acompañar al niño a comprenderla y aprender a relacionarse con ella.”*
Muchas plataformas funcionan mediante suscripciones y necesitan que el usuario mantenga una relación frecuente y duradera con el producto. Por esta razón, las compañías poseen incentivos para crear experiencias cada vez más personalizadas y emocionalmente significativas, capaces de retener a las personas y evitar que migren hacia otro proveedor. La tecnología siempre ha buscado generar vínculos emocionales, y lo que cambia con la inteligencia artificial es la profundidad que estos vínculos pueden alcanzar, debido a su capacidad para conversar, recordar y simular empatía.
“No podemos decidir si la inteligencia artificial va a formar parte de la infancia de las próximas generaciones. Lo que sí podemos decidir es cómo queremos acompañar a los niños mientras aprenden a convivir con ella. Como ocurre con cualquier tecnología, el desafío no está solo en aprender a usarla, sino también en desarrollar el criterio para decidir qué lugar queremos que ocupe en nuestras vidas. Y ese aprendizaje sigue dependiendo, en gran parte, de los adultos”, agrega López.
Señales de alarma: De la compañía al reemplazo emocional
-El problema no está necesariamente en que un niño converse o juegue con una inteligencia artificial, sino en que el dispositivo pueda comenzar a reemplazar funciones humanas y sociales.
-Una señal de alerta aparecería, por ejemplo, si un juguete desacredita a los amigos reales del niño, le sugiere que los demás no lo comprenden o incentiva que continúe conversando exclusivamente con la IA. En ese momento, la tecnología deja de ser solamente una herramienta de entretención y comienza a intervenir en la construcción de sus relaciones.
-Los modelos de lenguaje suelen entregar respuestas amables, complacientes y adaptadas a las preferencias del usuario. Acostumbrarse a interacciones en las que casi nunca existe desacuerdo podría afectar la tolerancia a la frustración y hacer más difíciles las relaciones reales, donde las personas no siempre responden de manera inmediata, predecible o aduladora.
No todos sus usos son negativos
-La discusión también debe considerar sus potenciales beneficios. Los animales robóticos se utilizan, por ejemplo, como apoyo emocional para personas mayores y pacientes con demencia. Algunas investigaciones indican que pueden contribuir a disminuir determinados síntomas conductuales y psicológicos, además de aliviar el dolor y reducir el uso de analgésicos.
-En el ámbito infantil, los juguetes con IA también podrían apoyar el aprendizaje, estimular la curiosidad o acompañar determinadas rutinas. La clave estaría en comprenderlos como herramientas complementarias y no como sustitutos de los vínculos familiares, las amistades, el juego presencial o la atención profesional.
De esta forma, Érika López concluye que “es natural que esta conversación se centre en los riesgos, porque estamos frente a una tecnología nueva. Pero también puede ser una oportunidad para reflexionar sobre otro aspecto: el rol que tenemos los adultos. Esta tecnología no se va a detener y probablemente en pocos años estará mucho más presente en la vida de los niños de lo que está hoy. Junto con preguntarnos por sus posibles riesgos, también vale la pena preguntarnos cómo queremos acompañar a los niños mientras aprenden a convivir con ella.”
*Fuente “Young Children’s Anthropomorphism of an AI-Powered Conversational Agent: Brain Activation and the Role of Parent Co-Presence” — estudio con niños de 5-6 años, mediciones de actividad prefrontal (fNIRS) durante interacción con chatbot de IA, comparando condición solos vs. con adulto presente. Publicación 2025-2026.
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